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Spica *

lo kinestésico

Western

El “bueno” tenía un aire grandioso, épico, dramático como un salto desde un acantilado de las Highlands.

El “malo” tenía un aire vil, cobarde, mañoso, enrojecido como emergido de la casa de cancerbero.

El “feo” era simplemente feo.

Entre los dos últimos, lanzaron al primero desde un acantilado de las Highlands.
El malo fue muy vil, mañoso y enrojecido y el feo seguía siendo simplemente feo.

*

Miedos infalibles

De pequeño siempre me atemorizaron con la historia de las semillas que te tragas y luego te brotaba un naranjo gigante, un limonero o una sandía enorme.

También con las agujas y alfileres para que no me las clavara y de alguna extraña forma fueran a parar a mi pequeño estómago, pancreas, hígado o vejiga.

Más tarde con los cactus sufrí pánico auténtico, porque sus espinas podrían entrar en mi torrente sanguíneo y, según mis atemorizadores, te apuñalaban el corazón hasta la muerte. Una detrás de otra.

Así que hoy, en franca revancha hacia mis miedos, me he comido una parra entera de uvas.
(...)
Mañana esperaré con ansiedad a que una dulce vid salga de mis oídos y de mi nariz.
Y hagamos un buen vino, un buen caldo y nos emborrachemos y olvidemos los miedos.
Seré una buena cosecha, lo sé.

En caso de que falle estrepitósamente en mi intento, aun me queda la cobarde salida de aferrarme a un cactus que he comprado en un vivero, y marchitarme.

Y morir, antes de la vendimia, con el corazón lleno de alfileres y de espinas.

*

05D.05M.05A.05h.05m.05s

05D.05M.05A.05h.05m.05s Eduarda siempre persiguió los números mágicos en las horas y fechas.
Capicúas, ordenados, secuenciales, idénticos... el 12 de diciembre a las 12 y 12 con 12 segundos.
Horas y días encadenados en su mente ansiosa y matemática.
Tenía la corazonada de que en un momento tan exacto podría suceder algo fuera de lo común.

Que conste que no fue ella quien empezó el juego. Un día simplemente una fecha llegó sin avisar, casi sin darse cuenta. Y ni la fecha, ni ella se lo tomaron en serio.

Pero fue emocionante.
Como quien pilla el último vagón del metro para regresar a casa. Y desde entonces mira con inquietud su reloj, el calendario, las manecillas, silencio, silencio, ahí, ahí.... (******)

Y algo siempre pasa.
Quiero decir eso mismo: que "pasaba" sin que Eduarda fuese partícipe de ello.

Así que decidió ser más activa y buscar esas fechas, esas horas, esas décimas en lugares imposibles, en madrugadas oscuras, con personas dispares, en etapas distintas. Buscaba eclipses, orgasmos, oraciones, bocados, saltos al vacío, ojos cerrados, besos instantáneos, inmersiones rápidas.
Todo aquello que tuviese un sentido para ella.

Todo en el momento exacto. En ese segundo que tú y yo dejamos ir sin más.
Hoy es 5 del 5, del cero 5, a las 5 horas y 5 minutos, con 5, segundos y 5 décimas.
¿qué haces ahora mismo?

Allí está Eduarda esperando volatilizarse, irse de paseo con un ovni, hacerse invisible, mutar en una planta, en un insecto o en otra cosa que ella no conozca.

05,05,05, 05,05,...06

El momento ya pasó,... y Eduarda ya no está.

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Smint compartido

Smint compartido Juanito "Peppermint" chupa, lame y saborea un caramelo mentolado.
Juanita Cherrysweet le mira atenta con una sonrisa.

Una mota de polvo cruza la sala y entra por la nariz de Juanito.

Juanita "Cherry" abre los ojos, pestañeando asombrada.
Juanito "Pepper" estornuda asquerosamente y su caramelo mentolado lleno de babas y restos de comida, va a parar justo en la boca de Juanita Cherrysweet.

- "Es anti-caries", acierta da decir Juanito.
- "Lo sé", dice sin entusiasmo Juanita.

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Y caemos

Y caemos *

Ciclos en un solo sentido, los dientes de acero que perforan los eslabones, los piñones que giran como estrellas. Omega en el alfa. Rodillas chirriantes, latido en la cien, espalda curvada, dedos aferrados. Túnel de viento. Caja toráxica detenida y ojos semi-cerrados.

En Madrid, en la calle Pablo Iglesias, entre los números 18 y 40 hay una pendiente muy pronunciada con forma de “u”. Es una “u” alargada que imita a una bañera de esas blancas o grises que hay en casi todas las casas del mundo. En un extremo es como un acantilado y en el otro es una rampa más suave que también favorece a la gravedad si te dejas caer emocionado. Lo dicho; una bañera en Pablo Iglesias.

Brazos levantados en señal de desafío. Sensación de guerrero antiguo a punto de chocar contra el hierro.

Conduzco atajando por Pablo Iglesias, para llegar a Cuatro Caminos y de allí al trabajo en Azca. Es media mañana pero tengo la sensación de pasear como si fuera un domingo. Voy relajado, con las ventanillas bajadas, dejando que el viento remueva el polvo y refresque el interior del coche. No llevo prisa, pero voy “sinpausa” zigzagueando a 40 km/h. Sé que allí delante está la “bañera de pablito” y doy un pre-aviso a mi mente y a mi estómago, a la vez que por mi derecha pasa un ciclista reluciente preparado para dejarse caer por la pendiente. Siento envidia.

Cuerpo Estático sobre una Bicicleta Dinámica.

Rápidamente calculo el ritmo de los semáforos y, como si yo también fuese sobre dos ruedas, me aventuro a acompañarle en su descenso. Le rebaso, le miro de reojo, pero verlo tan ligero hace que me sienta torpe, dentro de un tanque de hojalata. Oprimido, enjaulado, calculando pedaladas y tiempos de semáforos. Siento frustración.

Cuerpo Inestable sobre un Tanque Herrumbroso.

Pero justo antes de caer se me ocurre una idea............... una pedalada............ y empujo el embrague hasta el fondo y el coche rueda libre, sin potencia ajena, sin transmisión del eje, sin gasolina, sin tanque oxidado, sólo inercia,...

Y caemos.
Uno detrás del otro.

Gravedad, silencio, suavidad, relucientes, omega en alfa, caja toráxica detenida y ojos semi-cerrados.

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Al segundo siguiente

Al segundo siguiente Es asombrosa la capacidad que tiene Borja para pensar en la muerte,...

...en el más allá, en lo fútil de la vida, en lo rápido que transcurren 70, 80 o 100 años, en el absoluto total de su existencia; allí dónde se ve él sólo y nadie más y no hay reglas que valgan, ni refranes, ni problemas, ni angustias, ni otra cosa que no sea él y su incertidumbre, él y su miedo,...

..., y al segundo siguiente olvidar absolutamente todo, ante la urgencia de que ha follado poco para la edad que tiene y los escasos años que le quedan de erecciones satisfactorias.

Si es que allá arriba se tienen que estar descojonando todas las tardes (ABSOLUTAMENTE TODAS), de nuestras fútiles y “poco folladoras” vidas.

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Mobil-home

Mobil-home Te rodeo, te miro, te extingo, te nombro, te tiro de la falda. Me muerdes, me sacas la mano por la ventana, me enfrías la bebida, me abres las manos.

Me cruzo de piernas, las descruzo, las cruzo, las descruzo, experimento con mi nuevo papel y no me siento cómodo. Me pongo las gafas. Me las quito.

Te cruzas de brazos, los descruzas, los cruzas, los bajas hasta aferrarse a la rodilla. Experimentas con tu nuevo papel y te va ajustado como un guante de seda.

Y es cuando empieza a llover. Me sacas la mano por la ventana.
Abro la puerta, me mojo, te miro, te nombro, te tiro de la falda.
Sales junto a mi. Me muerdes. Me abres las manos. Te extingo.

Y es que es inolvidable viajar en una caravana contigo por Croacia.

Nos besamos Nos mojamos los labios.

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*** Rumbo a Dante

<font color=red>*** Rumbo a Dante</font> La señal era clara. Es a donde nos toca ir, si la vemos.

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Pequeño Limberg

Pequeño Limberg *

De pequeño, encontré en un armario todos los viejos apuntes de mi madre cuando estudió ingeniería. Allí había planos de geometría descriptiva, páginas fotocopiadas de vectores y planos, apuntes de cálculos de fuerza e inercia, torsiones en planos tridimensionales, láminas con isometrías de tornillos, vigas o paredes de hormigón, tablas de integrales y fórmulas imposibles de la resistencia de estructuras.

Pero para mis ojos, eran resmas de papel listas para ser transformadas en perfectos aviones de papel.

Y mis aviones eran los mejores. Los que más piruetas hacían para seguir en línea recta y los que más lejos llegaban.

Sobre todo si vives en un séptimo de un enorme edificio. El horizonte era el límite.

“...Doblar derecha al centro, doblar izquierda al centro, alisar con ganas, doblar punta a la mitad, doblar ala derecha, doblar ala izquierda, alisar con firmeza... y a volar!!!...”

Creo que esa tarde hice unos cien aviones de papel y meticulosamente los fui juntando cerca de la ventana, que era desde donde pensaba lanzarlos.

Cuando los dedos y las rodillas me dolían, de tanto forzar los pliegues, me levanté y fui a buscar a mi hermana pequeña, la senté frente a la ventana y le dije: “abre bien los ojos, porque cuando nos castiguen sólo podremos hacer barcos de papel”.

Sin esperar ni un minuto, echamos a volar los cien aviones. Como una bandada de patos, algunos torpes, otros ligeros, otros como saetas, otros pesados como plomos, otros elegantes,... resplandecientes en todos los casos.

Y sobre todo, no lo olvidéis, conteniendo todos los fundamentos de la ingeniería en su interior, en su materia prima, en la esencia misma de sus alas.
Eso los convertía en fiables y respetables. Casi invulnerables.

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Ja!

Esta mañana en la radio me entero que quieren declarar a LA RISA, patrimonio universal de la humanidad.

Y creo que, a esta propuesta, no la van a tomar muy en SERIO que digamos.

Es que es para reírse.

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Basilisa la Princesa

Basilisa la Princesa Una vez robé un libro.
Era de una buena amiga de la universidad, con la cual nunca supe llegar a algo serio, y viceversa. Simplemente disfrutábamos de tardes de domingo jugando a que teníamos algo serio. Y era delicioso mezclar aquella confusión con galletas de chocolate y música de Supertramp.

Pero a lo que estaba: le robé un libro.
Era un libro de cuentos rusos de tapas verdes muy robustas, cuya primera hoja de seda tenía escrito el nombre de mi amiga con letras grandes y redondas. Lo descubrí una de esas tardes, cansado de jugar, en una su biblioteca. Así que empecé a leerle cuentos en voz alta mientras ella hacía cualquier otra cosa, o nada. Pero los cuentos rusos son largos y repetitivos con historias de los “3 príncipes” o “7 hermanos” (todos Iván) por lo que llegado un punto, le inventaba el final y terminaba todo en la mitad del tiempo.

Pero a lo que estaba: le robé un libro.
Un día me lo dejó para que pudiese terminar los finales de los cuentos y me lo llevé a casa. Allí nunca terminé de leer los finales, a falta de tiempo, a falta de inspiración, a falta de ella.
Sin embargo, el libro siempre me gustó: sus tapas verdes robustas, el grueso papel sedoso, las ilustraciones mal trazadas, numeración original y edición limitada.

Pasado el tiempo, mi amiga y yo nos distanciamos. Y antes de decirnos adiós me pidió aquel libro. Pero yo me negué, le mentí con descaro, le escondí aquel libro, lo perdí en una mudanza inexistente, le metí en mi cuerpo y lo desaparecí.
Y le robé su libro.

Ya desde la distancia, no entiendo mi reacción, no me explico el engaño y lo peor de todo es que, para mayor vergüenza,...nunca leí los finales.

Y si... podría empezar hoy mismo.

¿Pastor de Mariposas?

Un día, entre las luces y las manos sudorosas, se preguntó si realmente existiría eso que llaman vocación. Y se preguntaba con hiriente insistencia si no habría alguna profesión en Bangkok o en Vancouver, que él desconociera viviendo en donde siempre.

Su pensamiento daba vueltas y volaba sobre montañas de ultramar, de más cerca o de más lejos, en valles o cumbres... y se cuestionaba si no habría alguna tarea parecida a “pastor de mariposas” en alguna aldea perdida en el Pacífico en la que él fuera perfecto.

Así pasaban sus días entre geografías y oficios imposibles, entre contorsiones y olor a humo azucarado, dejando deambular juntas a su mente y a su frustración inquisidora.

Cansado, y curioso, un día se marchó a recorrer latitudes y longitudes.
Probó mil quehaceres y descubrió que casi todos ellos podían ser divertidos o aburridos. También entendió que en todos ellos podía aprender o enseñar; hacerlo bien, mal y al final adquirir cierta destreza.

Comprobó con desazón y alegría, que aquello que él llamaba vocación... no era tal.
Si, había nuevas ocupaciones nunca imaginadas, pero no por eso le abandonaba el humo o le dejaban de tirar las manos sudorosas.

Al regresar, continuó siendo go-go en el lugar de siempre, y en el espejo de su camerino, de estrella noctámbula, escribió lo siguiente con carmín violeta:

“La vocación no existe. Existo yo y mi baile de go-go”.

Y eso rima.

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“él”

“él” Ramiro siempre tuvo miedo de él. Era el clásico “matón” de 10 años que te atemorizaba con su ego, su rebeldía y su rabia contra el mundo. Zancadillas cínicas, pequeños hurtos dolorosos, burlas crueles en clase, retar con descaro a los mayores, fumar en el baño, zarandear a los pequeños.
La primera vez que intercambiaron unas palabras fue cuando a Ramiro le emboscaron en una calle ajena y torcida, y entre empujones, tres canallas, le pidieron todo su dinero, la mochila y su dignidad. Entonces apareció él, tan arrogante; preguntando retador qué pasaba allí,... y ante el silencio, repartió collejas y patadas a todos, incluido Ramiro. Luego mientras los tres huían le espetó a Ramiro en la cara: “¿por qué eres tan cobarde?... mírame a mí, soy pequeño y me hago respetar!!”. Ramiro se secó las lagrimas manchándose la cara y no supo qué contestar. En realidad si lo sabía pero no tuvo el valor de decir que si, que era un cobarde.
De eso se trata; los cobardes no tienen valor.

Así pasó el tiempo, y Ramiro lo vio crecer durante 10 años. Le vio hacer el gamberro en todos esos años. El líder oscuro, el más osado, el diablo más pequeño, el que se hace respetar. Drogas, robos urbanos, pintadas groseras, sexo descarnado, destrozo de lo ajeno, zarandear a los grandes y pequeños.
La siguiente vez que intercambiaron unas palabras fue cuando a Ramiro le emboscaron en una calle ajena y entre empujones, dos canallas, le pidieron todo su dinero y la mochila. Dignidad no tenía. Entonces apareció él, tan arrogante; preguntando retador qué pasaba allí,... y por respuesta un duro puñal se clavaba en su espalda.

*
La emboscada no era para Ramiro, era para él.
El tercero era el más canalla, y llegó por detrás con el filo más afilado. Afilado por los años. Afilado por la sed de vengar una huida de hace 10 años.
*


Luego mientras los tres huían le espetó a Ramiro en la cara: “¿por qué eres tan cobarde?... mírame a mí...”- , y suspiró vaciándose. Ramiro le secó las lágrimas manchándole la cara y no supo qué contestar. En realidad si lo sabía, pero esto ya es cosa de él.

Y a partir de ahora, cuando digo “él”, me refiero a Ramiro.

*

t

t

Apnea mental

Soy superficial, lo sé. Presiento que cuando duermo soy más profundo que ahora. Que este instante. Y me he dado cuenta hoy al concentrarme tanto en una tarea, en una accción, que me he perdido hasta no saber como regresar a mi "superficie" habitual. Me he sentido a gusto, pero ascendiendo me he burlado de mi mismo, por no aguantar más tiempo en el fondo, por no llegar a poner el pie en tierra con agua por encima. Mientras subía y dejaba la concentración recordé tiempos anteriores, en los que igual respiraba arriba que abajo. En los que igual decidía caminar sin escafandra o nadar a manotazos. A tiempos iguales de agua y aire, y no sólo hundirme cuando duermo. Tiempos en los que no tenía un ancla inversa. Un ancla que me tira hacia arriba y no hacia abajo. Allí donde debería de estar. Estar cuando quisiese.

*** Fachadas

<font color=red>*** Fachadas</font> ¿Lloverá o no lloverá?

O es que no ves las nubes, por ver las fachadas.

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12 bicicletas + 1

12 bicicletas + 1 Sin tener en cuenta el triciclo y la Caloi de paseo, la primera bicicleta de Adolfo fue una BMX que le trajeron los reyes cuando tenía 9 años. Sin embargo, años más tarde su madre le contó cómo sufrió llevando ese trasto infernal desde la juguetería hasta la casa. Dado que no tenía coche, ni podía subirla al transporte público; la “empujó” unas 40 manzanas hasta la puerta de casa, sin hablar de las escaleras. Madre mía. Y los ojos emocionados. Y el vestido empapado de sudor.

La segunda bicicleta de Adolfo fue una bici de montaña que se compró él mismo con sus ahorros. Y que a las dos semanas la “partió en dos”.

La tercera bicicleta fue una segunda mano vendida por un ex-ciclista de ruta. Esta le duraría bastante más que las anteriores.

Hasta doce bicicletas ha tenido Adolfo en su corta vida. Pero quizá la más interesante que él recuerde es una que tuvo su padre cuando era muy pequeño. De esas historias que se cuentan una y mil veces.

En una plaza de pueblo, el pequeño padre de Adolfo, observaba atónito ese hermoso artefacto de dos ruedas en manos de otro niño. Así estuvo un buen rato hasta que en un descuido de éste, mientras saludaba a otros amigos, el padre de Adolfo corrió veloz, se subió a la bici, dio diez pedaladas y a los gritos de “al ladrón, al ladrón”* fue cogido al vuelo por su propio padre (el abuelo de Adolfo) y allí mismo recibió una azotaina memorable delante de todos. Memorable para mi padre que disfrutó lo indecible esos 10 segundos.

Esa,... Esa es una bicicleta que nunca tuvo Adolfo.

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* “al ladrón, al ladrón” idea y frase que años más tarde, Vittorio de Sica emplearía en su película “Ladrón de Bicicletas”. Y muchos años más tarde se utilizaría en este blog.
La frase original de la película es (en italiano): “Al Ladro, Al Ladro”.

Manel y Raquel

Manel y Raquel Un día, sin querer, se encontraron Raquel y Manel.
Y apenas podían contener su emoción ante el fugaz encuentro.
Manel se empapó de algo mejor que el café y Raquel probó sin freno lo vetado.

Ninguno de los dos volvió a ser lo que era antes.
Sin problemas, ni consecuencias.
Nunca independientes.
No granulado, ni delineada.

Exclusivamente Raquel y Manel.

Manel

El problema de Manel es que no se moja. Y siendo un azucarillo, esto es muy importante. Y mira que lo quieren diluir, desintegrar, hundir en el café humeante. Pero él sólo quiere estar seco, granulado, compacto. No se moja.