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lo kinestésico

Raquel

La situación de Raquel es completamente distinta. Quiere probarlo todo, a pesar de las consecuencias. Y siendo unos labios firmes y rabiosamente rojos, esto es una contrariedad. Digamos que siempre la quieren delinear, remarcar, contener, darle besos con sabor a plástico. Sin embargo ella sólo desea que un labio muerda al otro y que la besen dulcemente, sin ninguna duda. Quiere probarlo todo.

Todos somos Ferdinand

Todos somos Ferdinand A Ferdinand siempre le gustó salir de casa. Ya fuese un paseo al bar de enfrente o un vuelo trasatlántico hasta Alaska.

Al mismo tiempo, Ferdinand siempre tuvo la sensación de que vivía dejando un hilo por dondequiera que pasara. Un hilo que salía de él y cuyo extremo estaba en “nosesabedonde”.

Lo extraordinario, entonces, era que un ovillo interior iba deslizando sin pausa aquel hilo incansable, sea cual fuese el rumbo que tomase.
Por ejemplo, si salía de su casa rumbo al trabajo, podían verse cientos de hilos de anteriores días, de anteriores recorridos al trabajo. Hilos de ida y de vuelta. Hilos que bajaban por la escalera, pasaban por debajo de la puerta del portal, cruzaban la calle, bajaban al metro, se oprimían en las puertas de los vagones, se estiraban, se distendían, salían a la superficie, se enrollaban en la puerta giratoria de su trabajo, se elevaban en el ascensor y llegaban hasta su escritorio.

Y los hilos siempre allí, por dondequiera que pasara Ferdinand.
Irrompibles, maleables, desenredados, reveladores. Dejando un mapa perfecto de la estela de su dueño. Idas al aseo, paseos por el parque, visitas a la casa de sus tíos, vagabundeos casuales, itinerarios planificados.

Pero lo mejor, y quizá lo más inquietante, era la idea que tenía Ferdinand de observar al planeta desde muy arriba. Y entonces descubrir que mientras más viajaba por el mundo, éste se iba ovillando cada vez un poco más. Y una vuelta, y otra, y otra.

Hasta que el mundo fuese un ovillo,... igual al que lleva Ferdinand en su interior.

*

Un pensamiento tonto

Un pensamiento tonto La mayoría de las veces pienso tumbado mirando al techo. Algunas otras lo hago de pie, caminando, dando vueltas. Muchas otras sobre una bici. Pero esta mañana me he descubierto en la posición exacta de la escultura de Rodin. El pensamiento me ha dejado de piedra.

Llamad a un artista contemporáneo. No me gusta el clasicismo.

Salí a comer

Salí a comer Os dejo un rato con vosotros mismos.
Regreso en cuatro días.

Ben-Hur y Espartaco son platos obligados.
No vale sustituir por Barrabas y Nerón.

Hasta la vuelta.

Carlos

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Un libro para Amelia

Un libro para Amelia Frente a una librería miro mi reloj a ver si tengo tiempo suficiente.
Tengo una cita con Amelia y quiero regalarle un libro.
“Vamos allá”, me digo a mi mismo; “tengo 20 minutos”.
Abro un libro al azar y leo:

“Un hombre puede carecer de sabor (o ser poco interesante) y su amistad puede oler dulcemente”.

Cierro el libro. Y no, no es un libro de autoayuda.
Voy dos estanterías más adentro y abro otro libro que dice:

“...el mundo y yo no estamos hechos el uno para el otro, entonces, ¿por qué girar en redondo como quien busca lo que no ha encontrado?...”

Cierro el libro. Me identifico con la frase ya que busco un libro y no lo encuentro.
Giro como el mundo.
Doy dos pasos hacia atrás y estiro el brazo por encima de mi cabeza. Alcanzo un libro sin mirar su cubierta. Lo abro y leo:

“Una mujer necesita a un hombre tanto como un pez una bicicleta”.

Levanto la vista con el libro abierto. ¿Quién lo escribió?, me pregunto. Irina Dunn.
Me llevo el libro, pero no para Amelia.

Para ella: ración placton, o lo que sea que coman los peces.
Para mí: engrase a fondo del piñón, plato grande y ruedas con el nivel de presión correcto.

*

No es por presumir

Hoy he hecho algo sin sentido prohibido.

A mi entender he quebrantado tres leyes de la tierra, dos del cielo y una de las mías.

Pero el caso es que lo he hecho tan bien, tan brillante y con tanto sentimiento serenamente que casi al instante y al unísono... me han perdonado todos.

Incluido yo.

*

Fe

Este es la historia de Salomón.
Un salmón que luchaba contracorriente. Como todos los salmones. Lo hacía bastante bien ya que era persistente y muy habilidoso; y día tras día su afán de seguir río arriba era ejemplo de otros salmones ya cansados del viaje y su destino.

Resultó entonces que una nueva corriente de pensamiento sugería que los salmones deberían ir contracorriente. O en otras palabras, en el sentido del fluir del río. ¿lógico no?. Y revolucionario, por supuesto.
Esta teoría dio paso a la segunda era de Acuario. Acuario de salmones pensaban todos sin decir palabra.
En todo caso los efectos no se hicieron esperar, dando paso a un caos general dentro del cardumen. Salmones que iban y venían en perfecto desconcierto, otros detenidos en el lecho del río pensando que hacer, algunos incluso que “pescaron” en río revuelto sacando un vil provecho de la situación.

Pero Salomón siguió adelante, creyendo en su naturaleza, y haciendo oídos sordos de teorías y ríos que te mecían hasta tu destino. Y siguió empeñado, modificando su fisonomía, siempre río arriba, esforzado, ciego de fe.

Fue entonces cuando en un recodo del río un oso se lo comió.

Arroz a banda para dos

Arroz a banda para dos Iba a invitar a pizza, pero creo que no te gustan las anchoas. Y quizá la mozzarella doble te parezca demasiado. Luego entre el salchichón y el pepperonni siempre te haces un lío.
¿aceitunas? Por favor!!!

Mejor pedimos un arroz.

Y no hablamos de ello

Y no hablamos de ello Tarde de sol agradable. Sopla el viento sobre el descampado verde y allí estamos 20 personas haciendo ejercicios de creatividad grupal.
Un suave olor a pino nos rodea mientras el instructor habla:
- “Sincronización instantánea” – dice en voz alta, mientras todos nos miramos interrogativos. Se refiere al nombre de la siguiente actividad.
- “...o el juego del espejo, para los que no estáis muy despiertos a estas horas de la tarde” - aclara con su inagotable vozarrón.
- “Venga, 10 segundos para encontrar pareja... Yaaaa!”
Formamos parejas a diestra y siniestra. Al azar, sin buscar al parecido, ni al más allegado.
Y mi pareja es Alda. Y yo soy el de ella.
El juego del espejo consiste en creer que tú no eres tú, sino que eres el otro y por tanto tus movimientos son los del otro y entonces estás frente a un espejo perfecto. Uno que no sigue tus movimientos sino que los refleja. Seguirlos sería dar un segundo de ventaja y por lo tanto, repetir.
En este juego hay ganadores, así que quienes sincronicen mejor y más tiempo ganarán.

Mientras explican nuevamente las reglas miro de reojo a Alda y le digo en voz baja: “este juego es muy fácil”. Y ella me responde, viéndome también de reojo: “sólo tienes que mirarme a los ojos”. (admirable, pienso).
Sonrisas sincronizadas.

10 personitas frente a 10 personitas.
5,4,3,2,....1....ya!

(contaré lo que nos ocurrió a Alda y a mí)
*
Ojos muy abiertos, como espejos, mi brazo derecho se levanta, su brazo izquierdo se eleva, recorriendo las mismas coordenadas, las manos se extienden, la diestra y la siniestra buscando el mismo punto, los índices se tocan, los espejos reflejan, no hay repetición.
Ojos muy abiertos, sin mirar nada más, su brazo derecho sube despacio, mi brazo izquierdo le sigue, ambos como guiados por un hilo invisible, las palmas se abren, las cuatro, se tocan completas, sin segundos de por medio, sólo olor a pino fresco, y un recorrido interno.
Las rodillas buscan tierra, las manos se elevan, los dedos se entrelazan, solos frente al espejo, buscando ser complejos, maniobras de escapista, derecha, izquierda, arriba, abajo, ya pasamos la cima y vamos en descenso.
Un pie que sube y el soporte es el espejo, aunque sin apoyarme, sin apoyarse, ¿dónde está el titiritero?, vuelta al principio, con pies en paralelo, las manos se despiden, un índice que besa y dice adiós, la diestra, la siniestra, vuelven a sus cuerpos, desplazamiento exacto, mirada milimétrica, los ojos muy abiertos.

*

Al volver de nosotros y nuestro recorrido, un círculo de 19 personas nos observaba atónito. Un público bien avenido que no se atrevió a gastar ni una broma, ni un comentario imprudente. Sincronizados también ellos.

Sonrisas sincronizadas.

Llamando a Benjamín

No te lo vas a creer, pero siendo un niño me enamoré perdidamente de una niña.
Y también ella era una mujer. Y yo un hombre.
Pequeños.

Fue en el barrio de una amiga de mi madre, a quién olvidé hace ya mucho tiempo.

Y es que, no te lo vas a creer, pero Zafiro surgió detrás de la escalera y me arrastró con sus ojos.
Me sacó de allí saltando como un conejo y me llevó por pasillos con macetas y jardineras atestadas de "fitos" y rosales.
Zafiro iba como una exhalación, saltando, ora en un solo pie, ora sobre botes o hundiendo las rodillas entre la hierba.
Me llevó de la mano hasta su cercana casa, me mostró su pequeño acuario y me nombró todos sus peces: Ramon, Miki y ...
- ¿a qué no sabes cómo se llama?
Con este último intentaba vacilarme. Decía Ven!, Ven!, Ven!, como llamándolo... y me preguntaba: ¿a qué no sabes cómo se llama el tercero?
Y decía Ben!, Ben!, Ben!.

Se llamaba Benjamín.

Me llevó de la mano a su terraza y allí me acerqué a su cara, sin saber muy bien por qué. Y yo ponía la boca como Benjamín.
Así, así, así...
Había alguna fuerza irresistible en aquella niña traviesa, con manchas de tierra en la cara, de hierba en las rodillas, las manos delineadas y el pelo desordenado.
Y nunca lo había visto tan claro.

(¿es esto estar enamorado?)

Esa misma tarde entre juegos y el corazón en la boca la besé.
Y ella me besó a mí.

Un hombre que besa a una mujer.
No te lo vas a creer ¿verdad?.

Y la mujer le dice: Ven, ven, ven.
Y él va. Nadando feliz de aquí para allá, vacilando,... jugando. Perdido dentro de un pequeño acuario haciendo la boca como un beso. Así, así, así...

Y el hombre le dice: te quiero!
Y ella le besa. Saltando feliz de aquí para allá, jugando,... vacilando. Encontrando un pez dentro de un acuario. Ven, ven, ven...

(¿es esto estar enamorada?)

***

Caer desde el alambre

Caer desde el alambre No sabia, hasta hoy, lo que era un funambulista.

Y es que hoy sentí aplausos venir desde abajo del escenario.

Música de acordeón, luces pequeñas con halos blancos, una voz ceremonial y un rugido lejano que me despertó de golpe.

Tenía una barra plateada en las manos y sin saber cómo, perdí el equilibrio.

***

No sabía que era un funambulista hasta que sentí una tensa red marcando mi espalda.

La hendidura del centro

La hendidura del centro Entro al museo.
Recorro todas sus plantas como cada domingo, miro por los ascensores acristalados, imagino que es de nuevo un convento, un hospital, una cárcel. Bajo a tomar un café en su bar cuasi-subterráneo y ya estoy más despierto.

Subo despacio hacia la nueva exposición de arte contemporáneo. La verdad es que todo la temática es arte contemporáneo, no sé por qué redundo.
Como no llevo prisas, antes me paso por los cuadros de Miró a escuchar los comentarios de incomprensión y atolondramiento. Yo también los hago en voz baja. Me sonrío con las dos chicas que no acaban de creerse que las mujeres son estrellas o los planetas son puntos o al revés. Salgo de la sala y entro en la siguiente.
La exposición itinerante. Artistas invitados. Doy una primera vuelta. Me dejaré lo más raro para el final.

Otra vuelta alejándome cinco metros de todo mientras pienso: "Pero si a mi no me gustaban los museos". Me acerco a dos centímetros para leer el título en una mini-placa que parece una “etiqueta” de bufanda. Las piernas se me cansan según se me llenan los ojos.

Allá voy: el plato fuerte. El artista me presenta un rectángulo de madera de 5 metros a alto por 15 de largo. Tiene las dimensiones de un edificio acostado. Un pedazo de mesa gigante cuya madera está pulida y barnizada, pero con cientos de hendiduras profundas y largas en cada metro de superficie. Un millón de cicatrices. En el medio se deja ver claramente una hendidura más profunda, más larga, más ancha y más desgarradora.
El maldito "tatami" no me dice nada.
Lo veo, lo miro, lo alejo, lo acerco, me pregunto qué instrumento habrá utilizado para hacer las muescas en ese entarimado. ¿un hacha?, ¿un péndulo escalpelo gigante?.
Que desperdicio de espacio, de madera y de muescas. Me olvido de las sensaciones y me transformo en coherente, en científico, en detective del arte, de lo absurdo. Otra vez Miró.

No me convence.
Así me llega la hora de abandonar el recinto.
Que despiste!, ¿el título de la obra?; el nombre en la etiqueta, no lo he visto. Me acerco con desgana.

Lo leo.
Allí tan diminuto. Tan preciso.
Salgo del museo y el resto del día pienso el bendito rectángulo surcado que me cuenta tantas historias como heridas tiene.
Aquel que suplicó, aquel que no cedió, aquel que se arrastró, aquel que pensó en la inutilidad de aquello, aquel que nunca amo, aquel que reinó, aquel que anduvo entre todos y se marchó. Y todos los demás murieron. O no. El del medio como dije antes el más atroz. El jaque final.

¿el título de la obra?
La batalla.
Eso decía la “etiqueta”.

Gracias Brita

Todo era dolor cuando tú no estabas y en mi delirio nunca imaginé que me rescatarías de mi profundo desvarío. Transformaste un tráfago de zumbidos en la calma prístina de un lago tibio. Aun recuerdo cuando llegaste de noche para entregarme al día, recorriéndome por dentro con una luz desconocida, como una antorcha luminosa que daba forma a un nuevo ser. Gracias por renovarme, traerme vuelta y quitar el velo oscuro y febril de mis ojos.
Gracias Britapen de 650 600 mg.

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Kabuki accidental (1)

Kabuki accidental (1) Llovía a raudales y una bici se movía despacio sobre un camino rodeado de extensos sembradíos de arroz. Aquella región de impronunciable nombre había supuesto una etapa más dura de lo esperado y a esas horas, bajo el temporal, lo importante era llegar a la casa de los tíos de Tamura.

(Perdón, Tamura no. Sólo debía referirme a mi amigo como Tamura-San)
(TA-MU-RA-SAN)

Las indicaciones eran relativamente sencillas de seguir y estaba a punto de alcanzar la villa dónde podría acomodar mi malogrado y mojado cuerpo durante una noche.
Antes de partir de Madrid, le pedí a Tamura (SAN) que me diese alguna idea para agradecer la hospitalidad de su familia ante mi inusual visita, pero entre los preparativos del viaje y otros menesteres sólo acertó a decirme que comprase un poco de queso a la entrada de la villa y que no pagase más de 500 yenes por ello. Eso les haría ilusión y sería un bonito detalle.

Y así fue. Nada más entrar en la villa bajo la persistente lluvia y después de observar con cansancio la alargada distribución del pueblo, me acerqué a lo que me pareció una tienda de alimentación. En realidad era un bar, pero yo no lo sabía.

Bajé de la bici, la recosté cerca de un poste, y entré al local completamente empapado dejando tras de mí un cielo gris y muy mojado.

***

Lo que vieron aquellos hombres y mujeres no se había visto nunca en aquel lugar. Por la puerta entró de improviso un chico joven con ojos de vaca, jadeante, destilando agua de sus extrañas vestiduras, con un casco rojo fuego en una mano y un envase verde oliva en la otra. De sus oídos emergían unos hilos que le rodeaban el cuello y bajaban por su espalda, sus pasos retumbaban metálicos sobre el piso pulido, y a todos dio la sensación de ser un actor peregrino de teatro Kabuki, que venía esa tarde a representar una obra a cambio de un cuenco de arroz tibio y un vaso de sake.

De inmediato cesó la algarabía habitual de la casa, y todos esperaban inmóviles al desenlace de la escena. El sake sobre la mesa, el olor a costillas de cerdo en el ambiente, las risas despreocupadas... todo se detuvo en un súbito momento.

***

(Continuará...)

Diluido en la ciudad

Diluido en la ciudad *