Conocí a E en una tarde de septiembre, en medio de un calor húmedo, dentro de una pequeña galería de arte, de cual yo era administrador. Fue verla y sentir como las pinturas se emborronaban y toda ella se delineaba con detalle; su aspecto de turista, su falda estampada y su blusa blanca casi transparente, mojada por el sudor de su cuerpo. Transpirada pero digna, mirando lienzos y dando pasos hacia un lado y otro, hacia delante y hacia atrás, mientras ladeaba su cabeza con gesto inteligente. Empujado por una mano invisible me decidí a conocerla. Y no es esto, algo que ocurra con frecuencia a un hombre casado. Bastará con decir que esa tarde fue maravillosa para E. Y para mí. Únicamente apuntar que ella también era esposa de otro. Otro y otra que nunca compartieron su amor por una galería. O una vida llena de pinturas delineadas.
¡Quien podría imaginar el desenlace final!
Y hoy, recuerdo ese momento después de tantos años, faltando tan poco para verla, para nombrarla (mi boca por fin dirá su nombre en tiempo real), levantarla del suelo cuando la vea. Y sé que eso último es algo que ella no espera que yo haga. Lo de menos en todo este asunto, no es haber cruzado medio país para vivir en otra ciudad tan distinta a la mía. Ni estar atrapado en mis pensamientos, atrapado en un asiento de la clase turista, en el que mi corazón desbocado sólo piensa en las palabras correctas para decir en esta primera tarde en su ciudad. Lo importante para mí, es que intentaré imitar a Kasparov jugando al ajedrez, anticipando mil jugadas, mil palabras, mil frases, y así prevenir una opaca elocuencia ante mi primer encuentro. Y de ello depende que no sea el último.
Ya he aterrizado, entre la bruma y el vacío del estómago. Ahora camino con calma, en una perfecta terminal, de aquí para allá, mirando mi equipaje, esperando a E.
Me ha hecho prometer que la esperase en todos los casos y en todas las situaciones, que nunca mirara un taxi o un autocar, que el encuentro sería (tenía que ser) como un lienzo en movimiento con el marco perfecto, un aeropuerto, en una tarde de mayo, con la luz traspasándonos como lanzas. Así que repetía su nombre como un mantra: E..., E..., E..., E..., Eeeeee, y se justificaban mis deseos, mis ganas, y todas nuestras palabras derramadas en solitarios arrebatos. Hoy la esperaré a hasta morir, pero antes un café, el primero de la tarde ya que ella ha prometido buscarme y llenar de colores mi vida y pintar juntos toda una galería. Todo el aeropuerto.
¿Cuántos minutos he esperado?, ¿acaso 10 ó 1000? Me convenzo a mi mismo que he dejado mi lado impaciente en mi antigua ciudad, que me quiero alegre, con historias en la boca y los zapatos ligeros. Maldita sean las fachadas, mis miedos y ese vacío en el estómago como en un aterrizaje constante. A pesar de estar de pie en una terminal.
Los zapatos ligeros, pero la verdad es que estoy nervioso e incontenido. Mirando un enorme reloj, mirando pasar mil vidas de turistas, a todos menos ella, mil pies, mil cuerpos levantados, elevados por sorpresa, todos menos ella. Y por cada una de esas personas que pasan a mi lado, se pierde una de mis frases, dejándome vacío, repitiendo su nombre, enterrándome vivo, diluyéndome en tonos blancos y negros, en medio de un aeropuerto como una galería con cuadros delineados, en el que claramente descubro que el borroso soy yo.
En ese minuto exacto, en mi corazón se clava una flecha afilada, y yo cierro los ojos, y me cambia la vida. Sin crac, ni sangre púrpura. No es más que un inexplicable giro del destino; en el que al abrir los ojos nuevamente me hace ver el mundo en blanco y negro.
Como un tablero de ajedrez, en el que juego solo.
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Ilustración de este Post, en el Blog de Borjo
Si quieres leer la historia de "E", ve al Blog de Guisante