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Spica *

Quién es el lobo, el lobo, el lobo...

Estaban Leonard, Lytton, Saxon, Clive y otros del grupo de Bloomsbury bebiendo una apacible taza de té en un ambiente repleto de inquietudes, cuando violentamente se abrió la puerta acallando a todos. Al girar sus cabezas vieron a Adelina Virginia Stephen.

Ella avanzó dos pasos y con aire de afirmación airada dijo:

ey! yo soy Virginia Woolf.; no! yo soy Virginia Woolf.; psst! yo soy Virginia Woolf.; La, la, la! yo soy Virginia Woolf.; ermm! yo soy Virginia Woolf.; ui! yo soy Virginia Woolf.; zaz! yo soy Virginia Woolf.; ...! yo soy Virginia Woolf.; kkjjjj! yo soy Virginia Woolf.; hola! yo soy Virginia Woolf.; mira! yo soy Virginia Woolf.; aquí! yo soy Virginia Woolf.; ouch! yo soy Virginia Woolf.; sip! yo soy Virginia Woolf.; ganb! yo soy Virginia Woolf.; tom! yo soy Virginia Woolf.; óyeme! yo soy Virginia Woolf....


...Y era Ella.

*

La comida fue el telón

La comida fue el telón

Los hechos sucedieron como los contaré.

Él plantó su copa en la barra salpicada por gotas de ron barato, café de mediodía y el rastro húmedo que deja la bayeta al pasar sobre la madera barnizada.
En la otra mano sostenía un copa vacía que colocó cuidadosamente al lado de la suya.
Gente que entra que sale, que da cambio, que murmulla, que lanza servilletas sucias al suelo, que esparce migajas de bocatas calientes, bigotes grasientos que se mueven al compás del telediario del bar.

Al acercarse ella a la barra, junto a las dos copas, él la agarró con suavidad por el brazo y le dijo algo al oído. Ella simplemente sonrío. Pero más adentro, más secretamente, se sintió sola en el bar. Sola pero con él. Alineó perfectamente todos los vasos vacíos que tenía cerca, casi sin darse cuenta. Y mientras lo hacía él llenó la otra copa con cerveza bien fría.
Alborozo en 20 metros cuadrados, órdenes suaves, órdenes groseras, hombres sudorosos, mujeres rancias, todos levantando la mano en algún instante y sólo un par de ojos para atenderles.

Nunca bebieron juntos las dos cañas servidas. No en el mismo instante. Cada quien bebía mirando la copa solitaria del otro, comprobando como bajaba la marca en la copa. Respirando al otro en la pausa. Compartir dos cervezas separados, pero enlazados en veinte metros cuadrados.
Mientras espero turno para comer y charlo animadamente, me desvío en busca de algo inusual, en medio del ruido del telediario, de la máquina tragaperras del tesoro escondido, del olor del pincho de tortilla, este bar es no es un bar, sino un teatro de Santa Ana. Él y ella en escena.


En la otra mano tenía la bayeta...
Encantada de lo que había escuchado hacía dos minutos en su oído...
Alineó perfectamente todos los vasos , del otro lado de la barra...
Llenó la otra copa con cerveza, y la otra, y la otra, y la otra...

Cuando él bebía ella servía las mesas o traía la cuenta de una mesa, cuando ella bebía el servía tapas en la barra o cobraba las cuentas de la mesa.
Un susurro que no se oye; “te invito a una cerveza como si estuviésemos solos en este inmenso bar”.

Un susurro que yo oí en primera fila.
Los hechos sucedieron como los he contado.

*

Calle Mayor, 89 (revisited)

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Y la calle se lleno de murmullos, de pensamientos, de ideas, de fragancias, de voces como graznidos, bocinas decibélicas, casi babélica, tantas pinceladas como gente pasaba por allí.

Y yo sólo hacía !clic!

Clic, clic, clic, clic...

*

Calle Mayor, 89

selec

Decido adelantarme sobre dos ruedas y bajo toda la calle Mayor como una exhalación, hasta tener La Almudena a cinco metros de mi nariz. Me levanto del sillín y pedaleo lentamente, como si fuese un artista de circo, como ejecutando un peligroso ejercicio de equilibrio. Voy mirando los detalles de la calle, de la acera, de las fachadas, de las personas que por ahí transitan. Busco una forma imposible, una rasgadura en el cielo o en la pared. Cambio mi mirada a Sepia y doy al clic.


Sin embargo, no me convence del todo una foto donde salen retratados un avión, una cámara de vigilancia, un sol oculto detrás de una iglesia, un azulejo de Calle Mayor y un olor a caracoles domingueros, todos bañados por el aliento de un ciclista jadeante.


Esta foto será expuesta en alguna exposición del ayuntamiento, algún día de estos. Me preguntaron si cedía los derechos de autor y yo sólo preguntaba si podrían regalarme un sombrerito de fotógrafo, !que es que son tan chulos!.

*

Como extraño Kriptón

Como extraño Kriptón

 

- ¡Espera!, Luisa, que te echo una mano-, dijo el hombre de acero.
- JooOOOooooo-, gruñó Luisa contrariada- otra vez me cortas el momento.
- Pero si yo...
- Ve volando y tráeme un bocata de calamares!-, dijo Luisa mientras encendía la tele con el mando.

*

 

 

Superman le pregunta, un día, al maestro Zen (llamado Luthor):
- Cuando los tres mundos1 me acosan, me zarandean y me molestan, ¿qué debo hacer?
- El Maestro Luthor le dijo: Cuando los tres mundos te acosen, siéntate!
- ¡No lo entiendo!-, dijo Superman.
- ¿Ves esa montaña?- prosigió Luthor-. Pues cógela y tráela aquí, entonces te daré un respuesta.

Y claro, Superman no captaba esas metáforas tan profundas del maestro Luthor. Al final Superman no se iluminó y pensó que Luthor se burlaba de él. Todo un malentendido.

*

1 Los tres mundos son el mundo de los deseos, el mundo mental y el mundo material.
nota: Había un cuarto mundo, que se llevó
uno que conocemos.

 

Lo sorprendente de superman es que se adapta a lo mundano y a lo espiritual igual de bien. Es un hombre de acero y de bambú. Se hace el tonto y deja que le pongas las cadenas, para luego liberarse de ellas como si fuese un juego.

 Es hora de que Superman se vaya de vacaciones a Ciudad Gótica.

 *

 

 

 

Aladino frustrante

Aladino frustrante

Estoy en un estación de trenes, sentado en un banco bastante viejo pero cómodo. La estación está casi vacía. Puedo palpar la calma, el olor del café del jefe de la estación. Mis ganas de fotografiar las locomotoras, los vagones, las traviesas, los rieles, los detalles de la madera envejecida del andén y del reloj que ya no indica la hora.

Me he escapado del trabajo, me he tomado el día remolcado por el sol quebradizo y el frío que invita a esconderse dentro del abrigo. La cámara que se mueve contenta entre mis manos y mis ojos. Con calma para observar, para fotografiar. Todo menos el aroma del café del jefe de estación y ese sol quebradizo. Y el frío.

Alguien pide un deseo.

Y como una pluma caigo suavemente sobre la silla de mi trabajo. Mi cara se ilumina por el brillo del ordenador. Hay una hoja de excel vacía delante de mi. Y un olor penetrante de café de máquina y papel recién impreso.

Justo lo que deseaba: regresar, como fulminado, a través de túneles y andenes hasta caer sentado aquí a tu lado.

*


El descampado de Adela

El descampado de Adela

Extraviada, sin pausa, Adela miró a la lejanía y no veía más cosas que el mismo sofoco de siempre. Riñendo con sus agujeros, con su testa, con su obstruido morro. Rumiando en enseñar los dientes un poco más. Una lección más que hacer. Solo una más. Una vuelta más. Remolcando sus zapatillas por dondequiera que desfilaba, reconcentrando ese momento laxo en el que se dejaría desplomar con las zapatillas puestas, con la nariz insensible.

Erró no se sabe cuántas horas, ferias, lapsos enteros hasta que encontró un campo solitario que tenía inscrito su nombre. No era una tumba. No era el final. Era la siesta esperada.

Y se enraizó como quien sube a un cohete. Como vestir un pijama de paja.
Y por fin, descansar.

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El tronco de Julián

El tronco de Julián

Frenético, sin descanso, Julián miró a su alrededor y no veía otra cosa que el mismo cansancio de siempre. Luchando con sus ojos, con su cabeza, con su tupida nariz. Pensando en resistir un poco más. Una tarea más que hacer. Solo una más. Una vuelta más. Arrastrando sus zapatos por dondequiera que pasaba, pensando en ese momento mullido en el que se dejaría caer con los zapatos puestos, con la nariz inconsciente.

Caminó no se sabe cuántas horas, semanas, lustros enteros hasta que encontró un tronco solitario que tenía inscrito su nombre. No era una tumba. No era el final. Era la siesta esperada.

Y subió como quien sube a un cohete. Como entrar en un tronco solitario.
Y por fin, descansar.

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Bersek

Bersek

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Gary no lo cuenta así

Gary no lo cuenta así

Llegamos un domingo nublado a Buenos Aires.
Cansados, curtidos, tostados, con dones de gentes, con ganas de escurrirnos una y otra vez por las calles sucias de la capital. Ese último guisante en el plato. Un epílogo cultural en nuestras cabezas y en nuestras manos carcomidas. Bajamos hambrientos del autobús y al salir del andén enfilamos hacia la estación de Retiro , muy cerca de la Torre de los Ingleses. Miramos hacia arriba, miramos hacia abajo y nuestros ojos se detuvieron en un puesto de milanesas que exhibía, quizás, las delicias del día anterior. Comimos sentados en la Plaza de San Martín como en una foto en blanco y negro, sin nadie alrededor. Una cosa normal un domingo a las 7 de la mañana. No había nadie. Al terminar, como marionetas movidas por un mismo bastón, subimos a nuestras bicis y nos dejamos caer en pendiente, entre la cuadrícula de la ciudad. Siempre hacía el centro movidos por la gravedad. Despacio. Como si fuéramos agua que corre por el arcén, al lado de la acera. Con la sensación de que no había nadie en la ciudad. Y en realidad, no había nadie. Nadie que pensara en nosotros, a esas horas. Sintiendo el frío y la bruma de Buenos Aires de esa mañana histórica. Pisando colillas viejas de la fiesta del sábado. Mirando, mirando, mirando, resbalando, torcer aquí, allá, sin intención, sin mapa, mirando, mirando, mirando...

Y de repente,... la puerta cerrada de un hostal, que se abre repentinamente. Un pie blanco que asoma. Un hombre delgado que sale a la acera. Con una mochila en la mano. Un sudafricano. Un sudafricano rubio y simpático que nos mira fijamente y entreabre la boca con nosotros. Un sudafricano rubio y simpático llamado Gary, que habíamos conocido en una histórica ocasión. Una sola vez. Una sola vez en un café de Valdivia. Un Gary despedido en Valdivia hacía 21 días y 15 horas en una fecha imposible, en una calle irreversible, detrás de todo lo que hicimos después, detrás de 100 decisiones inconexas, tantas como pueden disponer dos ciclistas distintos. Detrás de veinte trenes, cinco bodegas, viento afilado, asfalto incandescente, conciertos, volcanes, ríos, heridas, Portillo, corales, vino barato, espejos por oro, “jamás le volveremos a ver”, torres de arena, pingüinos, circos, uvas del camino, viento lacerante, cansancio, milanesas, vitrinas, aceras, mochila...

El tiempo suspendido, hasta quedar detenidos los tres en una acera de Buenos Aires. Él con la mano sujetando una mochila y nosotros con las manos entumecidas apretando el freno de las desgastadas bicicletas.

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Gran Vía II

cartel

Esta imagen, sucede allí, cada 9 minutos.

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En Arrière

En Arrière

Hace ya bastante tiempo, tuve una novia que era bailarina de ballet, que a su vez tenía una madre poeta y un padre filósofo.

Y aunque mis amigos estaban ansiosos por acrecentar la leyenda de las novias bailarinas, la puritita verdad es que yo estaba fascinado con los animales sagrados que tenía por suegros. El hecho de que estuviesen separados merecía doble atención a sus excentricidades y al mundo que podrían crear alrededor de sí mismos. Ella, tenía una casa llena de alfombras y tapices infinitos, con libros apilados en desorden por dondequiera que mirases. Siempre andaba descalza por casa y danzaba de aquí para allá, mientras yo me perdía entre montones de libros viejos o recién impresos. Él, tenía una biblioteca como la de Alejandría; perfectamente ordenada y catalogada, rodeada de humo de pipa de marinero y sabor a café fuerte, denso, casi rancio. El sol inundaba la casa de la primera. Y las sombras la del segundo.

Aún la veo a ella, preguntándome si me gustaría leer un pequeño compendio de poesía que estaba por publicar, y a la vez que me lo entregaba en mano, mostrándome la contraportada con su foto y diciendo: “no es mi mejor pose, ¿verdad?”. Aún lo veo a él, recostado en una especie de silla-diván preguntándome si había leído a Kant e indicándome con la pipa, dónde podía encontrarle dentro su librería personal.

Y claro, a mi se me iban las horas en esas dos casas, de luz y sombras, con la poeta y el filósofo. Y más tarde, llegaron sus nuevas parejas a mi vida, ella una alfarera de altos vuelos que adoraba a Kant y el tabaco de pipa; y él un crítico de teatro que adoraba los libros apilados y las alfombras gastadas.

Y claro, estos a su vez tenían ex-parejas que...

Fue entonces cuando, en medio de tanto vaivén, actores secundarios y piruetas en el escenario, apareció mi novia ejecutando un paso en arrière y me alejó de la audiencia y de la compañía de baile, y de la poesía, y de Alejandría...

... y llegó la hora del Pas de deux.
Una cosa, la puritita verdad, que yo no había visto nunca.

*

Sin moralejas

Hace unos años, tuve un jefe que llevaba un jersey cutre, CUTRE, muy cutre. Y me asombraba, yo, de que alguien pudiese llevar semejante prenda en un trabajo serio como el nuestro.

Ahora resulta, que teniendo su edad, yo llevo el mismo jersey que él llevaba entonces, y me recreo en la idea de que nuestro trabajo no es nada serio.

Nunca lo fue.
Y el del jersey cutre lo sabía.

*

Pregunto

Pregunto

¿Será el cielo de Madrid, el mismo que, digamos por ejemplo; el de Roma?

*

Desgajando a papá

papmand

Mi padre, la verdad, pocas cosas emocionales me proporcionó en la vida. Las racionales, aquí entre nosotros, se las pensó bastante más antes de decírmelas.

Era muy listo mi padre.
Tanto, que no nos decía las mismas cosas a mi hermana y a mí. Y no era cuestión de género. No. Porque visto de cerca (o de lejos en el tiempo) todos sus afectos racionales podían ser útiles a cualquiera de los dos. Incluso a él mismo.

Hace unas tardes atrás, pedaleando sobre una bicicleta, intenté resumir sus más valiosas enseñanzas en las tres primeras frases que me vinieran a la cabeza.

He aquí lo que surgió:

Nunca te compres un coche más viejo que tú.
Hice pedazos este consejo en 1994, cuando compré mi primer coche con mis primeros ahorros en un acto de autosabotaje. Me costó algo así como 200 euros de los actuales y era un Ford del 69. Cuando yo nací, el primer dueño del Ford había pagado completamente su crédito a 36 meses con intereses al 3,99 T.A.E.

Limpia las gafas siempre en círculos, no en vertical u horizontal.
Hice pedazos mis primeras gafas, limpiándolas en círculos concéntricos. Las desencajé de su marco y no hubo manera de ajustarlas de nuevo. Con el tiempo he desarrollado la técnica: “como buenamente puedas”. Nunca la uso delante de mi padre.

No comas mandarinas mientras leas un libro.
Sobre la bici, descubrí que nunca había quebrantado esta regla. Como soy muy metódico (cosas de la herencia), decidí buscar uno de los libros antiguos más queridos que tengo y comprar un kilo de mandarinas en el super. Hacer una foto. Pasar antes por aquí a contaros esto y sentarme cómodamente a destripar mandarinas.

“Papá, ¿quieres un poco?”

*

Oda a Enide*

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- Mi querida señorita..., digo..., Srta. Ochoa – decía mister Fellinni** -. Le aseguro que no tengo la menor intención de reírme de usted.
Enide* frunció ligeramente el entrecejo. Ambos estaban sentados en un confortable salón de la sala vips del aeropuerto de Barajas. Enide* era una chica bien formada y algo pandereta, con facciones que no guardaban semejanza alguna con las de su padre. Tenía trazas de gozar de excelente salud, pero mister Fellinni**, en su fuero interno, no perdía de vista el hecho evidente de que en los Ochoa, familiarmente hablando, no habían sido infrecuentes los casos de inestabilidad mental. Enide pudiera muy bien haber heredado la apariencia física materna, pera más aún estaba afectada por el desquiciamiento nervioso que caracterizaba a las féminas de su linaje.

(Iba aquí inserso, un post Enidiano***, en el que se reunían todas las artes aplicadas por Enide, y en el cual, en vez de seguir con el tema central, nos íbamos por los cerros de Úbeda, bajábamos desparramados dentro de un coche con 6 colegialas, aparcábamos y soltábamos algunos tópicos contra los hombres, exaltando a los felinos, como los egipcios. Algún enigma por aquí. Otro dolorcillo de cabeza por allá. Una sugerencia de un hilo argumental para ser desarrollado en otro post. En otros posts. Una trampa lingüística bien montada, y para el final un salto a los Thelma & Louise protagonizada por Enide & Enide (no, no, no esas no, mejor aquellas dos, si, si ven tú, cómo te llamas, ¿Enide?, vale, y tú la que silba, si, si, chica lista, ¿Enide, también?... hala!), volando por los cielos con todos nosotros en el maletero...)


Y todo ello, estaba por escrito y expuesto en un barroco kiosco de historias e historietas. Una única variedad de frutas encontrará usted allí. La manzana. Pero todas distintas, infinitamente coloridas. Múltiples expresiones del mismo sabor, forma y olor.

Una manzana que, al menos por hoy, se transmuta en este espacio sideral.

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*

(...)
* Enide: transmutación gripal del nombre original: Eride.
** Fellinni: denominación genérica de felino, para cualquiera que interactúe con Enide (ver *).
*** Enidiano: ¿estás de coña, no?

6 grados

6 grados

Atchuss!
Gripe.
Hace frío.
Fito Paez.
Trasnochos.
Aumengtine 100 mg.
Pan recién hecho.
Frutas.
Aliento con humo.
Sueño.
Mariposa Technicolor.

6degres1


Lunes que se encima.
Frío.
Mantas.
Pequeños pies fríos.
Ventanas gélidas.
Bostezos.
6 grados.
Un castillo helado, alrededor.

Alguien cruzando la acera.

*

Hopi con violín

Violin_Sky

*

Fotografía de Joey Lawrence.
Para ver más, aquí.

Troopi

Troopi

No sé de horas. No sé de bienes. No sé de perros, o de gatos. No sé de bares, o de restaurantes. No sé de noches de fiesta o de días de faena.

Sé de dónde vengo y a dónde voy. Lo tengo claro. Y tú no.

Ah, y también sé que me llamo Troopi. Nada más.

*

Stencil fotografiado en un calle cerca de mi trabajo en la pared del bar donde todas las mañanas desayuno un café con leche.

Monocro-me

fina2

*