
Voy dando un paseo cerca de casa y al otro extremo de la calle veo a un chico alto y delgado, con una cámara fotográfica apuntando hacia un edificio antiguo color marfíl. Veo sus movimientos y los entiendo...
...enfoca, se aparta, se escora a la derecha, cierra un ojo, los dos ojos, sujeta con firmeza la cámara, retira el ojo, se desarruga, vuelve a mirar, da un paso adelante, se agacha, chasquea la lengua, susurra, pone el dedo sobre el disparador, enfoca, desenfoca, enfoca... clic!
Clic!
Llegado ese momento resulta que voy pasando por su lado, y no me atrevo a decirle que yo ya lo intenté desde esa posición,...
...que no sea tímido, que arriesgue un poco por una foto interesante, que yo conozco la zona desde hace años, y el edificio me lo sé de arriba abajo; porque es realmente fotogénico, que se acerque un poco más, quizá 20, 30 ó 50 pasos, que evite la señal sucia que sale a la izquierda, que debajo del portal azul y sostenido con una mano (mientras se inclina a la izquierda), se obtiene una buena perspectiva del ventanal más grande, que si espera unos 15 minutos tomando una caña en el bar de al lado, descubrirá al salir que la luz es más cálida y pone en sobrerrelieve toda la fachada, que vale la pena acercarse a la otra esquina para obtener una imagen parecida a la quilla de un barco de hielo.
Pero paso de largo, y me quedo el edificio todo para mí. Incluída las farolas, el cielo y todo lo que le rodea.
Clic!, clic!, clic!, clic!, clic!...
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